En mi reino de luz
Yo camino entre los árboles
Vestido con mis mejores colores
Los árboles y las rocas tejieron la sensibilidad de mis manos
Los colores y sus sombras tejieron mis ojos de luz
Caminando descubrí un mundo nuevo, nacido del antiguo silencio
Lo llamé mi reino de luz
Bailando y jugando descubrí
Descubrí que veía con mis manos
Y tocaba con mis ojos
Sentí el frío hierro con la mirada
Sentí los colores luminosos con mi palma
Y con todo ello tejí el traje de mi alma
Traje de texturas luminosas y colores ásperos
Traje de agua, traje de tierra
Traje que tejí, traje con el que me vestí y caminé
Traje que llamé mi reino de luz
Con él… veo con mis manos y toco con mis ojos
Palomar
domingo, 2 de noviembre de 2008
Un día, un mundo
Que graciosa aquella noche
En que odié al mundo
Que graciosa aquella mañana
En la que brindé por el mundo
Que graciosa aquella tarde
En que quise escapar del mundo
Tanto tiempo tardé en entender
Que el mundo no está bajo mis pies
Que el mundo no se respira
No se mira ni se siente
Tanto tiempo en entender
Que el mundo se es
En que odié al mundo
Que graciosa aquella mañana
En la que brindé por el mundo
Que graciosa aquella tarde
En que quise escapar del mundo
Tanto tiempo tardé en entender
Que el mundo no está bajo mis pies
Que el mundo no se respira
No se mira ni se siente
Tanto tiempo en entender
Que el mundo se es
Perfume
Un golpe, un sonido
Una palabra, un gesto
Un odio, una muerte
Una amor, una vida
Ida y vuelta
No podemos detener
Nuestro respiro es
Y siempre será nuestro
Si saltamos… caemos
Si miramos somos mirados
Ida y vuelta
Ese aire nuestro
Atado al camino
Hay que saberlo llevar
Hay que saberlo perfumar
Una palabra, un gesto
Un odio, una muerte
Una amor, una vida
Ida y vuelta
No podemos detener
Nuestro respiro es
Y siempre será nuestro
Si saltamos… caemos
Si miramos somos mirados
Ida y vuelta
Ese aire nuestro
Atado al camino
Hay que saberlo llevar
Hay que saberlo perfumar
Mi mejor traje
En una casa rodeada por un cerco
donde la hipocresía quedó atrapada
Se bañan los visitantes inesperados
Y reciben su regalo
Salgo a caminar, y la marea casera
me abraza hasta la esquina
Ya no puedo escapar de ella
La huelo, la como, me baño y duermo en ella
Pero no me puedo quejar
Porque cuando vienen las visitas
la saco a relucir, me visto con sus mejores colores
Y aunque insulte bajo el cierre
Sonrío por sobre este
donde la hipocresía quedó atrapada
Se bañan los visitantes inesperados
Y reciben su regalo
Salgo a caminar, y la marea casera
me abraza hasta la esquina
Ya no puedo escapar de ella
La huelo, la como, me baño y duermo en ella
Pero no me puedo quejar
Porque cuando vienen las visitas
la saco a relucir, me visto con sus mejores colores
Y aunque insulte bajo el cierre
Sonrío por sobre este
martes, 28 de octubre de 2008
Imanes
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-¿Fuiste al nuevo supermercado?
-¿Al de la vuelta?
-No, al enorme y nuevo ¿Fuiste?
-No abuelo, pero dicen que es bastante grande, tiene cientos de góndolas.
-¿Muchas?
-Sí, hay de todo, tío jorge me contó que el vió lanchas.
-¿A motor?
-Sí, lanchas a motor, una al lado de otra en una góndola.
-¿Y que más?
-También dicen que hay una sección entera de asadores con rueditas, de esos que te gustan.
-Que lindo, ¿Qué más habrá?
-Hay una sección enorme de libros también, ¿Por qué en vez de preguntar tanto no lo llevo a pasear por ahí?
-No me gusta que me lleven
-Pero abuelo si no lo llevo... ¿quién le va a empujar la silla?
-Yo, yo me puedo llevar solo, como hice siempre.
-¿Y cómo va a ir entonces?
-Vos me llevás y después me pasas a buscar.
-Bueno... Pero le avisamos a papá.
-No, sin avisar a nadie, no tengo que avisarle a nadie cuando voy de compras.
-Bueno, yo lo llevo, pero después ni una palabra.
-Descuidá, este viejo no dice nada.
-Vamos, te llevo hasta el auto por lo menos
-Gracias
-Cuidado con las cajas que dejé en el piso, son delicadas.
-¿Qué son?
-Es una computadora nueva para la oficina.
-Ah, en tantas cajas...
-Viene en muchas partes, después tengo que ponerme a armarla.
-¿Sabés cómo?
-No, pero me fijo en Internet.
-Ah.
-Ya casi llegamos, es por ahí ¿Ves?
-Es gigante...
-¿Viste?
-Muy lindo.
-Estaciono y te acompaño hasta la puerta.
-Bueno.
-Cuidado con la computadora cuando bajes.
-Bueno.
-Vení te llevo.
-No gracias, ahora puedo yo.
-Bueno, mirá que puertas enormes.
-Sí y muchas. ¡Cuánta gente!
-¿Vio? Pero se deben dispersar bastante en un supermercado tan grande.
-Sí, aunque la zona de las verduras debe estar repleta.
-Mirá abuelo, una silla eléctrica con carrito adelante.
-Que bueno, nunca usé una de esas.
-Vení vamos a preguntar.
-Sí.
-Disculpe ¿Se pueden usar las sillas?
-Por supuesto, venga yo le ayudo a subirse
-Bueno, parece cómoda.
-Con cuidado, ¿Anduvo en una antes?
-No, ¿Como se avanza?
-Tiene una palanquita ¿ve?
-Sí.
-Y con este se frena.
-Ah.
-Y con este se prende y apaga.
-Bien.
-Se lo prendo... y listo, ya puede andar.
-Es fácil, gracias por la ayuda.
-De nada, cualquier cosa me avisa.
-Lo vengo a buscar a las siete abuelo.
-Bien
-¿Me va a estar esperando no?
-Sí
-Bueno, más le vale, no quiero tener que buscarlo en ese laberinto.
La silla avanzaba lentamente entre la gente que se habría paso hacia los lados. Los que lo veían se hacían a un lado rápidamente y el viejo pasaba lentamente, mirándolos. Más de uno no lo vio, y el viejo en su embriaguez, tampoco.
Los primeros metros transcurrieron lentamente, con algunos roces y choques imprevistos, pero sin molestias mayores. El viejo deseaba alejarse de toda aquella gente, avanzar sin problemas.
Luego de entrar por el primer pasillo, giró a la izquierda torciendo bruscamente el volante de la silla. Estaba en la sección de cotillón más grande del mundo; las góndolas a sus costados exhibían toda clase de máscaras, divididas por tipo. Era tan grande la sección que el pasillo entero por el que el viejo avanzaba era exclusivamente de máscaras de terror verdes. Había máscaras de marcianos, de saltamontes, de gusanos, hasta había una columna entera de máscaras de moco.
De vez en cuando se cruzaba con alguien que tomaba una máscara y se la probaba en los espejos colocados a un lado de las columnas.
Llegó a un pasillo, lo cruzó, y del otro lado, comenzaba una sección de lo que parecían pelapapas, alzó la cabeza y le yó el letrero “Pelapapas – Pasillo 1: Mango de madera”
El viejo avanzó, los pelapapas le parecieron todos iguales, y aunque avanzó bastante y pasó al lado de diferentes variedades, ninguno le llamó demasiado la atención, a diferencia de muchas señoras a sus costados que revisaban uno por uno, notando diferencias de calidades y materiales de los pelapapas.
En una esquina se amontonaba un grupo enorme de personas empujándose, y de vez en cuando se oía algún insulto. El viejo avanzó hasta estar a unos metros de la muchedumbre y leyó el cartel que pendía sobre sus cabezas agitadas, “Secadores de pelo inalámbricos en oferta”
Esquivando a la multitud giró en la esquina y cambió de pasillo, en este se amontonaban cientos de toboganes de plástico, a un costado, retando a un niño de unos doce años había un guardia de seguridad. Al fin –Pensó el viejo-
-Disculpe señor
-Sí, ¿En que le puedo ayudar?-Buscaba la sección de asadores.
-¿Asadores? No sabía que teníamos.
-Mi hijo dijo que hay una sección enorme de asadores.
-Tal vez tengamos, pero no le puedo asegurar, si me da un segundo pregunto a Información.
-Bueno
-Hola Su, habla Rodriguez, ¿Tenemos sección de asadores? Ah, bueno, gracias.
-¿Hay?
-Sí, en el pasillo número cincuenta y cuatro del bloque “H”
-¿Por donde voy?
-Derecho por este pasillo, y cuando llegue al final gire a la izquiera, luego avanza hasta la sección de maquillajes y gira a la derecha, ahí encontrará la sección de asadores.
-Muchas gracias
-¿Me entendió bien no?
-Si, muchas gracias.
Se alejó lentamente del guardia y comenzó a avanzar por el pasillo, luego de veinte minutos y muchas góndolas repletas de toboganes, hamacas, castillos y piletas, llegó a una pared enorme que se alzaba hasta el techo que parecía más lejano que nunca, dobló en un giro demasiado lento y anticipado, luego siguió su camino por el profundo pasillo que se extendía hasta un horizonte apenas divisible.
La sección que atravesaba estaba atestada de Imanes de heladera, había cientos de miles de imanes clasificados pasillo por pasillo en color, país, comida, estación, clima, ocasiones especiales, deportes, electrodomésticos, oficina, animales, paisajes y personas famosas.
Estaba en medio de un pasillo lleno de actores famosos en imanes cuando la silla produjo un sonido extraño y comenzó a apagarse lentamente hasta detenerse del todo. Por un instante el pasillo pareció infinito, el supermercado infinito, y los rostros imantados a sus costados espantosos y estúpidos.
El tiempo pasó, las luces comenzaron a apagarse, y nadie pasó por la sección de los imanes.
Debe ser la batería –Pensó el viejo-
-¿Fuiste al nuevo supermercado?
-¿Al de la vuelta?
-No, al enorme y nuevo ¿Fuiste?
-No abuelo, pero dicen que es bastante grande, tiene cientos de góndolas.
-¿Muchas?
-Sí, hay de todo, tío jorge me contó que el vió lanchas.
-¿A motor?
-Sí, lanchas a motor, una al lado de otra en una góndola.
-¿Y que más?
-También dicen que hay una sección entera de asadores con rueditas, de esos que te gustan.
-Que lindo, ¿Qué más habrá?
-Hay una sección enorme de libros también, ¿Por qué en vez de preguntar tanto no lo llevo a pasear por ahí?
-No me gusta que me lleven
-Pero abuelo si no lo llevo... ¿quién le va a empujar la silla?
-Yo, yo me puedo llevar solo, como hice siempre.
-¿Y cómo va a ir entonces?
-Vos me llevás y después me pasas a buscar.
-Bueno... Pero le avisamos a papá.
-No, sin avisar a nadie, no tengo que avisarle a nadie cuando voy de compras.
-Bueno, yo lo llevo, pero después ni una palabra.
-Descuidá, este viejo no dice nada.
-Vamos, te llevo hasta el auto por lo menos
-Gracias
-Cuidado con las cajas que dejé en el piso, son delicadas.
-¿Qué son?
-Es una computadora nueva para la oficina.
-Ah, en tantas cajas...
-Viene en muchas partes, después tengo que ponerme a armarla.
-¿Sabés cómo?
-No, pero me fijo en Internet.
-Ah.
-Ya casi llegamos, es por ahí ¿Ves?
-Es gigante...
-¿Viste?
-Muy lindo.
-Estaciono y te acompaño hasta la puerta.
-Bueno.
-Cuidado con la computadora cuando bajes.
-Bueno.
-Vení te llevo.
-No gracias, ahora puedo yo.
-Bueno, mirá que puertas enormes.
-Sí y muchas. ¡Cuánta gente!
-¿Vio? Pero se deben dispersar bastante en un supermercado tan grande.
-Sí, aunque la zona de las verduras debe estar repleta.
-Mirá abuelo, una silla eléctrica con carrito adelante.
-Que bueno, nunca usé una de esas.
-Vení vamos a preguntar.
-Sí.
-Disculpe ¿Se pueden usar las sillas?
-Por supuesto, venga yo le ayudo a subirse
-Bueno, parece cómoda.
-Con cuidado, ¿Anduvo en una antes?
-No, ¿Como se avanza?
-Tiene una palanquita ¿ve?
-Sí.
-Y con este se frena.
-Ah.
-Y con este se prende y apaga.
-Bien.
-Se lo prendo... y listo, ya puede andar.
-Es fácil, gracias por la ayuda.
-De nada, cualquier cosa me avisa.
-Lo vengo a buscar a las siete abuelo.
-Bien
-¿Me va a estar esperando no?
-Sí
-Bueno, más le vale, no quiero tener que buscarlo en ese laberinto.
La silla avanzaba lentamente entre la gente que se habría paso hacia los lados. Los que lo veían se hacían a un lado rápidamente y el viejo pasaba lentamente, mirándolos. Más de uno no lo vio, y el viejo en su embriaguez, tampoco.
Los primeros metros transcurrieron lentamente, con algunos roces y choques imprevistos, pero sin molestias mayores. El viejo deseaba alejarse de toda aquella gente, avanzar sin problemas.
Luego de entrar por el primer pasillo, giró a la izquierda torciendo bruscamente el volante de la silla. Estaba en la sección de cotillón más grande del mundo; las góndolas a sus costados exhibían toda clase de máscaras, divididas por tipo. Era tan grande la sección que el pasillo entero por el que el viejo avanzaba era exclusivamente de máscaras de terror verdes. Había máscaras de marcianos, de saltamontes, de gusanos, hasta había una columna entera de máscaras de moco.
De vez en cuando se cruzaba con alguien que tomaba una máscara y se la probaba en los espejos colocados a un lado de las columnas.
Llegó a un pasillo, lo cruzó, y del otro lado, comenzaba una sección de lo que parecían pelapapas, alzó la cabeza y le yó el letrero “Pelapapas – Pasillo 1: Mango de madera”
El viejo avanzó, los pelapapas le parecieron todos iguales, y aunque avanzó bastante y pasó al lado de diferentes variedades, ninguno le llamó demasiado la atención, a diferencia de muchas señoras a sus costados que revisaban uno por uno, notando diferencias de calidades y materiales de los pelapapas.
En una esquina se amontonaba un grupo enorme de personas empujándose, y de vez en cuando se oía algún insulto. El viejo avanzó hasta estar a unos metros de la muchedumbre y leyó el cartel que pendía sobre sus cabezas agitadas, “Secadores de pelo inalámbricos en oferta”
Esquivando a la multitud giró en la esquina y cambió de pasillo, en este se amontonaban cientos de toboganes de plástico, a un costado, retando a un niño de unos doce años había un guardia de seguridad. Al fin –Pensó el viejo-
-Disculpe señor
-Sí, ¿En que le puedo ayudar?-Buscaba la sección de asadores.
-¿Asadores? No sabía que teníamos.
-Mi hijo dijo que hay una sección enorme de asadores.
-Tal vez tengamos, pero no le puedo asegurar, si me da un segundo pregunto a Información.
-Bueno
-Hola Su, habla Rodriguez, ¿Tenemos sección de asadores? Ah, bueno, gracias.
-¿Hay?
-Sí, en el pasillo número cincuenta y cuatro del bloque “H”
-¿Por donde voy?
-Derecho por este pasillo, y cuando llegue al final gire a la izquiera, luego avanza hasta la sección de maquillajes y gira a la derecha, ahí encontrará la sección de asadores.
-Muchas gracias
-¿Me entendió bien no?
-Si, muchas gracias.
Se alejó lentamente del guardia y comenzó a avanzar por el pasillo, luego de veinte minutos y muchas góndolas repletas de toboganes, hamacas, castillos y piletas, llegó a una pared enorme que se alzaba hasta el techo que parecía más lejano que nunca, dobló en un giro demasiado lento y anticipado, luego siguió su camino por el profundo pasillo que se extendía hasta un horizonte apenas divisible.
La sección que atravesaba estaba atestada de Imanes de heladera, había cientos de miles de imanes clasificados pasillo por pasillo en color, país, comida, estación, clima, ocasiones especiales, deportes, electrodomésticos, oficina, animales, paisajes y personas famosas.
Estaba en medio de un pasillo lleno de actores famosos en imanes cuando la silla produjo un sonido extraño y comenzó a apagarse lentamente hasta detenerse del todo. Por un instante el pasillo pareció infinito, el supermercado infinito, y los rostros imantados a sus costados espantosos y estúpidos.
El tiempo pasó, las luces comenzaron a apagarse, y nadie pasó por la sección de los imanes.
Debe ser la batería –Pensó el viejo-
Salamín robado
El techo estrellado resguardaba la vejez de dos hombres en un tejado… Tomó el cuchillo firmemente y colocó la parte afilada de modo tal que mordiese suavemente la cintura del salamín. El cuchillo, estrenado y bautizado con carne roja, mordía en vaivenes. La mano que lo empuñaba estaba decidida, hambrienta. Cortó el salamín en rodajas y dividió en partes iguales con su amigo. -¿Qué noche no? -Tibia y fresca a la vez – Contestó el barbudo. La conversación, rebelaba en su principio que no tenía fin. Decidió comenzar otra vez, se sentía como un joven adolescente intentando conquistar una chica, cuando en realidad era él, un hombre de más de cuarenta años, sentado en un tejado con un vagabundo de barba sucia, comiendo salamín. -¿Dónde conseguiste el salamín? – Preguntó cabizbajo, concentrado en aquella deliciosa carne seca y salada. -Lo tomé de un supermercado chino, el dueño estaba ocupado atendiendo unos clientes- -¿El supermercado chino que está frente al parque? -Sí, mucha plata… el chino tiene mucha plata…- -¿Y por qué atiende un supermercado si tiene mucha plata?- -Discúlpeme, pero usted viste ropas caras y fuma los mejores cigarrillos, pero sin embargo duerme en el parque y come salamín robado conmigo- No cabía duda, él sabía quién era yo, me conocía más que nadie. Era curioso, yo quería escapar de los que me conocían y sumergirme en otro mundo, y conocerme, encontrar mi nueva identidad. Pero al parecer, uno lleva su persona a todos lados, no puede escapar de ella. “Tal vez puedo disfrazarme por un tiempo, pero la idea de comenzar de vuelta queda desechada” Nada tiene nuevos comienzos en la vida, los segundos vividos nos pesan en nuestras espaldas o nos dan alas, pero nunca saldremos nuevamente de raíz. -¿Y el cuchillo? – Pregunté - ¿De donde sacaste el cuchillo? -Lo robé también, pero no en el supermercado, los que vende el chino son feos, de mala calidad. Yo sólo robo cuchillos “Lestrange”. Era ladrón de profesión el barbudo, ponía empeño en cada robo y conocía todas las técnicas y secretos del aquel arte. En comparación yo era pésimo ladrón, me faltaba práctica. Pero el barbudo no, el tenía fama y título de ladrón. Era el único de los residentes del parque, el único de todos nosotros, que no era miserable. Lo miré, comía su salamín dignamente, bien merecido lo tenía, y así, sin palabras, me encariñé con aquel viejo, ¿Cuantos años tendría? Probablemente ni él lo sabía. Pero era bastante viejo; vagabundo barbudo, de ojos grandes y decididos. Yo lo admiraba, fue la primera y última persona que admiré en toda mi vida, y eso era bastante, bastante fuerte para mí; admirar a un vagabundo. Terminamos el salamín en silencio y nos recostamos sobre las tejas frías. Al apoyar la nuca sobre una de ellas pensé, pensé que aquel techo resguardaba del frío y los males del mundo a una familia que dormía a unos metros debajo de nosotros. Y por otro lado, servía de cama y refugio de una noche tibia y fresca a dos viejos barbudos, ¿Quién se escondía de qué? ¿Ellos tenían miedo de nuestro mundo o nosotros del suyo? Creo que cada uno se alejaba del otro, como dos imanes que se repelen, la familia y nosotros; los dos viejos con el estómago repleto de salamín. Antes vivía a las sombras de aquellas familias, intentaba parecerme a ellas, pero a la vez no. Ahora ocurre lo mismo, pero en el otro extremo. Duermo en el parque y vivo como sus habitantes, pero en su sombra, no a su lado.
That’s 85
El hombre agitó los brazos nuevamente. El miedo impregnó sus piernas. Gritó. El miedo subió hasta su pecho. Sus brazos cayeron pesadamente sobre el agua. El terror absorbió su cabeza y perdió el conocimiento. El barco se perdía en la distancia. -¿Cuál es tu color preferido en esta habitación? -No sé, la verdad los tonos son terribles. -Si, el decorador tiene que haber sido un tanto excéntrico. -Lo cual no estaría mal en otro espacio, en este está definitivamente errado. -Sí, encima el pasillo parece el de un Holiday Inn. -Tal cual. -¿Qué te estaba contando? -No me acuerdo, algo de una cortadora de pasto. -No, mucho después. -¿Después...? Ah! Lo de tu primo, el que trabajaba en el IAC. -No, eso fue mucho antes, ya me acuerdo, te estaba por contar una muy buena noticia que me llegó de improviso. -Ah por eso no me acordaba, ¿Que pasó? -Hace unos días fui al That’s 85, el que vende libros, música, un poco de electrónica. Un poco de todo eso. Fui a comprar un libro para una amiga que cumple años. -¿Quién? -Michela, no la conocés. -No, con ese nombre me acordaría. -No es el nombre, creo, me parece que es un apodo, yo toda la vida le dije Michela. -¿Y se escribe con una ele o dos? -No sé, no importa, ¿Que te decía? -Que le compraste un... -Ah! Si, le compre un libro, me llamó un poco la tapa. Y yo sabía que le gustaban los escritores rusos, así que al primer apellido ruso que divisé... -Hay uno muy bueno, se llama Teorodov o Velkorov, algo así. -Sí, no me acuerdo el nombre del que compré, pero a todo esto lo que te quería contar es que me sorprendí al ver que estaba en liquidación por cierre, ese negocio está desde hace años, desde que yo era chica. -Victor siempre quiso comprarlo. -A eso iba, ¿por qué no aprovecha la oportunidad? -Sería su sueño, sería hermoso, siempre quisimos tener un negocio de música, desde adolescentes. -Y bueno... -Sí, pero si estaba en liquidación por cierre ya debe tener comprador. -Tal vez... ¿Pero no sería genial? -Sí... -Tendrías que averiguar. -Le tengo que contar a Victor, pero no lo quiero esperanzar sin saber... -Seguro que está en venta el local. -¿Vos decís? -Sí, tendrías que preguntarle a tu marido a ver si el sabe algo. -Después le pregunto, ¿sabes por casualidad por donde anda?, hace horas que no lo veo. -Subió a tomar sol, me lo crucé en las escaleras, casi me atropella. -Sí, está todo el día así, corriendo de un lado a otro, no sé si es la emoción o el encierro en el crucero. -Tenía más cara de emoción que de desesperación. -Y, de entrada a él, el mar, le fascina. -Pero nunca viene a la playa. -No, la playa no le gusta, siempre dice que una cosa es que te guste la arena y otra el mar. -A mí me gusta el sol. -A mí las olas. -¿Qué te parece lo de el negocio? -¿Qué cosa? -Que está en venta. -Me parece muy buena oportunidad, más que para mí, para mi marido. -Sí, pero a vos también te gustaría. -Sí, la verdad me encantaría. -Y no lo pienses, arreglá con el dueño lo antes posible. -Sí, lo mismo tendríamos que ver el tema de la plata. -¿Por? -Y, con el crucero se nos fueron un poco los ahorros.
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