martes, 28 de octubre de 2008

Imanes

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-¿Fuiste al nuevo supermercado?
-¿Al de la vuelta?
-No, al enorme y nuevo ¿Fuiste?
-No abuelo, pero dicen que es bastante grande, tiene cientos de góndolas.
-¿Muchas?
-Sí, hay de todo, tío jorge me contó que el vió lanchas.
-¿A motor?
-Sí, lanchas a motor, una al lado de otra en una góndola.
-¿Y que más?
-También dicen que hay una sección entera de asadores con rueditas, de esos que te gustan.
-Que lindo, ¿Qué más habrá?
-Hay una sección enorme de libros también, ¿Por qué en vez de preguntar tanto no lo llevo a pasear por ahí?
-No me gusta que me lleven
-Pero abuelo si no lo llevo... ¿quién le va a empujar la silla?
-Yo, yo me puedo llevar solo, como hice siempre.
-¿Y cómo va a ir entonces?
-Vos me llevás y después me pasas a buscar.
-Bueno... Pero le avisamos a papá.
-No, sin avisar a nadie, no tengo que avisarle a nadie cuando voy de compras.
-Bueno, yo lo llevo, pero después ni una palabra.
-Descuidá, este viejo no dice nada.

-Vamos, te llevo hasta el auto por lo menos
-Gracias
-Cuidado con las cajas que dejé en el piso, son delicadas.
-¿Qué son?
-Es una computadora nueva para la oficina.
-Ah, en tantas cajas...
-Viene en muchas partes, después tengo que ponerme a armarla.
-¿Sabés cómo?
-No, pero me fijo en Internet.
-Ah.

-Ya casi llegamos, es por ahí ¿Ves?
-Es gigante...
-¿Viste?
-Muy lindo.
-Estaciono y te acompaño hasta la puerta.
-Bueno.
-Cuidado con la computadora cuando bajes.
-Bueno.
-Vení te llevo.
-No gracias, ahora puedo yo.
-Bueno, mirá que puertas enormes.
-Sí y muchas. ¡Cuánta gente!
-¿Vio? Pero se deben dispersar bastante en un supermercado tan grande.
-Sí, aunque la zona de las verduras debe estar repleta.

-Mirá abuelo, una silla eléctrica con carrito adelante.
-Que bueno, nunca usé una de esas.
-Vení vamos a preguntar.
-Sí.
-Disculpe ¿Se pueden usar las sillas?
-Por supuesto, venga yo le ayudo a subirse
-Bueno, parece cómoda.
-Con cuidado, ¿Anduvo en una antes?
-No, ¿Como se avanza?
-Tiene una palanquita ¿ve?
-Sí.
-Y con este se frena.
-Ah.
-Y con este se prende y apaga.
-Bien.
-Se lo prendo... y listo, ya puede andar.
-Es fácil, gracias por la ayuda.
-De nada, cualquier cosa me avisa.

-Lo vengo a buscar a las siete abuelo.
-Bien
-¿Me va a estar esperando no?
-Sí
-Bueno, más le vale, no quiero tener que buscarlo en ese laberinto.


La silla avanzaba lentamente entre la gente que se habría paso hacia los lados. Los que lo veían se hacían a un lado rápidamente y el viejo pasaba lentamente, mirándolos. Más de uno no lo vio, y el viejo en su embriaguez, tampoco.
Los primeros metros transcurrieron lentamente, con algunos roces y choques imprevistos, pero sin molestias mayores. El viejo deseaba alejarse de toda aquella gente, avanzar sin problemas.
Luego de entrar por el primer pasillo, giró a la izquierda torciendo bruscamente el volante de la silla. Estaba en la sección de cotillón más grande del mundo; las góndolas a sus costados exhibían toda clase de máscaras, divididas por tipo. Era tan grande la sección que el pasillo entero por el que el viejo avanzaba era exclusivamente de máscaras de terror verdes. Había máscaras de marcianos, de saltamontes, de gusanos, hasta había una columna entera de máscaras de moco.

De vez en cuando se cruzaba con alguien que tomaba una máscara y se la probaba en los espejos colocados a un lado de las columnas.
Llegó a un pasillo, lo cruzó, y del otro lado, comenzaba una sección de lo que parecían pelapapas, alzó la cabeza y le yó el letrero “Pelapapas – Pasillo 1: Mango de madera”
El viejo avanzó, los pelapapas le parecieron todos iguales, y aunque avanzó bastante y pasó al lado de diferentes variedades, ninguno le llamó demasiado la atención, a diferencia de muchas señoras a sus costados que revisaban uno por uno, notando diferencias de calidades y materiales de los pelapapas.

En una esquina se amontonaba un grupo enorme de personas empujándose, y de vez en cuando se oía algún insulto. El viejo avanzó hasta estar a unos metros de la muchedumbre y leyó el cartel que pendía sobre sus cabezas agitadas, “Secadores de pelo inalámbricos en oferta”
Esquivando a la multitud giró en la esquina y cambió de pasillo, en este se amontonaban cientos de toboganes de plástico, a un costado, retando a un niño de unos doce años había un guardia de seguridad. Al fin –Pensó el viejo-
-Disculpe señor
-Sí, ¿En que le puedo ayudar?-Buscaba la sección de asadores.
-¿Asadores? No sabía que teníamos.
-Mi hijo dijo que hay una sección enorme de asadores.
-Tal vez tengamos, pero no le puedo asegurar, si me da un segundo pregunto a Información.
-Bueno
-Hola Su, habla Rodriguez, ¿Tenemos sección de asadores? Ah, bueno, gracias.
-¿Hay?
-Sí, en el pasillo número cincuenta y cuatro del bloque “H”
-¿Por donde voy?
-Derecho por este pasillo, y cuando llegue al final gire a la izquiera, luego avanza hasta la sección de maquillajes y gira a la derecha, ahí encontrará la sección de asadores.
-Muchas gracias
-¿Me entendió bien no?
-Si, muchas gracias.

Se alejó lentamente del guardia y comenzó a avanzar por el pasillo, luego de veinte minutos y muchas góndolas repletas de toboganes, hamacas, castillos y piletas, llegó a una pared enorme que se alzaba hasta el techo que parecía más lejano que nunca, dobló en un giro demasiado lento y anticipado, luego siguió su camino por el profundo pasillo que se extendía hasta un horizonte apenas divisible.
La sección que atravesaba estaba atestada de Imanes de heladera, había cientos de miles de imanes clasificados pasillo por pasillo en color, país, comida, estación, clima, ocasiones especiales, deportes, electrodomésticos, oficina, animales, paisajes y personas famosas.
Estaba en medio de un pasillo lleno de actores famosos en imanes cuando la silla produjo un sonido extraño y comenzó a apagarse lentamente hasta detenerse del todo. Por un instante el pasillo pareció infinito, el supermercado infinito, y los rostros imantados a sus costados espantosos y estúpidos.
El tiempo pasó, las luces comenzaron a apagarse, y nadie pasó por la sección de los imanes.
Debe ser la batería –Pensó el viejo-

Salamín robado

El techo estrellado resguardaba la vejez de dos hombres en un tejado… Tomó el cuchillo firmemente y colocó la parte afilada de modo tal que mordiese suavemente la cintura del salamín. El cuchillo, estrenado y bautizado con carne roja, mordía en vaivenes. La mano que lo empuñaba estaba decidida, hambrienta. Cortó el salamín en rodajas y dividió en partes iguales con su amigo. -¿Qué noche no? -Tibia y fresca a la vez – Contestó el barbudo. La conversación, rebelaba en su principio que no tenía fin. Decidió comenzar otra vez, se sentía como un joven adolescente intentando conquistar una chica, cuando en realidad era él, un hombre de más de cuarenta años, sentado en un tejado con un vagabundo de barba sucia, comiendo salamín. -¿Dónde conseguiste el salamín? – Preguntó cabizbajo, concentrado en aquella deliciosa carne seca y salada. -Lo tomé de un supermercado chino, el dueño estaba ocupado atendiendo unos clientes- -¿El supermercado chino que está frente al parque? -Sí, mucha plata… el chino tiene mucha plata…- -¿Y por qué atiende un supermercado si tiene mucha plata?- -Discúlpeme, pero usted viste ropas caras y fuma los mejores cigarrillos, pero sin embargo duerme en el parque y come salamín robado conmigo- No cabía duda, él sabía quién era yo, me conocía más que nadie. Era curioso, yo quería escapar de los que me conocían y sumergirme en otro mundo, y conocerme, encontrar mi nueva identidad. Pero al parecer, uno lleva su persona a todos lados, no puede escapar de ella. “Tal vez puedo disfrazarme por un tiempo, pero la idea de comenzar de vuelta queda desechada” Nada tiene nuevos comienzos en la vida, los segundos vividos nos pesan en nuestras espaldas o nos dan alas, pero nunca saldremos nuevamente de raíz. -¿Y el cuchillo? – Pregunté - ¿De donde sacaste el cuchillo? -Lo robé también, pero no en el supermercado, los que vende el chino son feos, de mala calidad. Yo sólo robo cuchillos “Lestrange”. Era ladrón de profesión el barbudo, ponía empeño en cada robo y conocía todas las técnicas y secretos del aquel arte. En comparación yo era pésimo ladrón, me faltaba práctica. Pero el barbudo no, el tenía fama y título de ladrón. Era el único de los residentes del parque, el único de todos nosotros, que no era miserable. Lo miré, comía su salamín dignamente, bien merecido lo tenía, y así, sin palabras, me encariñé con aquel viejo, ¿Cuantos años tendría? Probablemente ni él lo sabía. Pero era bastante viejo; vagabundo barbudo, de ojos grandes y decididos. Yo lo admiraba, fue la primera y última persona que admiré en toda mi vida, y eso era bastante, bastante fuerte para mí; admirar a un vagabundo. Terminamos el salamín en silencio y nos recostamos sobre las tejas frías. Al apoyar la nuca sobre una de ellas pensé, pensé que aquel techo resguardaba del frío y los males del mundo a una familia que dormía a unos metros debajo de nosotros. Y por otro lado, servía de cama y refugio de una noche tibia y fresca a dos viejos barbudos, ¿Quién se escondía de qué? ¿Ellos tenían miedo de nuestro mundo o nosotros del suyo? Creo que cada uno se alejaba del otro, como dos imanes que se repelen, la familia y nosotros; los dos viejos con el estómago repleto de salamín. Antes vivía a las sombras de aquellas familias, intentaba parecerme a ellas, pero a la vez no. Ahora ocurre lo mismo, pero en el otro extremo. Duermo en el parque y vivo como sus habitantes, pero en su sombra, no a su lado.

That’s 85

El hombre agitó los brazos nuevamente. El miedo impregnó sus piernas. Gritó. El miedo subió hasta su pecho. Sus brazos cayeron pesadamente sobre el agua. El terror absorbió su cabeza y perdió el conocimiento. El barco se perdía en la distancia. -¿Cuál es tu color preferido en esta habitación? -No sé, la verdad los tonos son terribles. -Si, el decorador tiene que haber sido un tanto excéntrico. -Lo cual no estaría mal en otro espacio, en este está definitivamente errado. -Sí, encima el pasillo parece el de un Holiday Inn. -Tal cual. -¿Qué te estaba contando? -No me acuerdo, algo de una cortadora de pasto. -No, mucho después. -¿Después...? Ah! Lo de tu primo, el que trabajaba en el IAC. -No, eso fue mucho antes, ya me acuerdo, te estaba por contar una muy buena noticia que me llegó de improviso. -Ah por eso no me acordaba, ¿Que pasó? -Hace unos días fui al That’s 85, el que vende libros, música, un poco de electrónica. Un poco de todo eso. Fui a comprar un libro para una amiga que cumple años. -¿Quién? -Michela, no la conocés. -No, con ese nombre me acordaría. -No es el nombre, creo, me parece que es un apodo, yo toda la vida le dije Michela. -¿Y se escribe con una ele o dos? -No sé, no importa, ¿Que te decía? -Que le compraste un... -Ah! Si, le compre un libro, me llamó un poco la tapa. Y yo sabía que le gustaban los escritores rusos, así que al primer apellido ruso que divisé... -Hay uno muy bueno, se llama Teorodov o Velkorov, algo así. -Sí, no me acuerdo el nombre del que compré, pero a todo esto lo que te quería contar es que me sorprendí al ver que estaba en liquidación por cierre, ese negocio está desde hace años, desde que yo era chica. -Victor siempre quiso comprarlo. -A eso iba, ¿por qué no aprovecha la oportunidad? -Sería su sueño, sería hermoso, siempre quisimos tener un negocio de música, desde adolescentes. -Y bueno... -Sí, pero si estaba en liquidación por cierre ya debe tener comprador. -Tal vez... ¿Pero no sería genial? -Sí... -Tendrías que averiguar. -Le tengo que contar a Victor, pero no lo quiero esperanzar sin saber... -Seguro que está en venta el local. -¿Vos decís? -Sí, tendrías que preguntarle a tu marido a ver si el sabe algo. -Después le pregunto, ¿sabes por casualidad por donde anda?, hace horas que no lo veo. -Subió a tomar sol, me lo crucé en las escaleras, casi me atropella. -Sí, está todo el día así, corriendo de un lado a otro, no sé si es la emoción o el encierro en el crucero. -Tenía más cara de emoción que de desesperación. -Y, de entrada a él, el mar, le fascina. -Pero nunca viene a la playa. -No, la playa no le gusta, siempre dice que una cosa es que te guste la arena y otra el mar. -A mí me gusta el sol. -A mí las olas. -¿Qué te parece lo de el negocio? -¿Qué cosa? -Que está en venta. -Me parece muy buena oportunidad, más que para mí, para mi marido. -Sí, pero a vos también te gustaría. -Sí, la verdad me encantaría. -Y no lo pienses, arreglá con el dueño lo antes posible. -Sí, lo mismo tendríamos que ver el tema de la plata. -¿Por? -Y, con el crucero se nos fueron un poco los ahorros.

La cena

Una ensalada, servida en un plato blanco, ocupa un lado de la mesa. La mesa reposa en el centro de la pequeña habitación. Una puerta en un extremo comunica con un pasillo, el pasillo da a la cocina y ésta da a un pequeño baño sin ducha. En la cocina hay ruidos, de ollas y platos. Un olor dulzón llega por el pasillo e invade la habitación y la mesa. El aire frío de la habitación se mezcla con la tibieza dulzona del olor. Se escuchan golpeteos de cuchillo en la cocina, luego llegan diferentes sonidos, de metal y madera. El sosegado olor que flota en la habitación se ve prontamente atacado por un fuerte olor a carne cocida. La ensalada en la mesa, antes en comunión con la habitación, ahora parece flotar ajena a esta ante la llegada del imponente tufo de la carne cocida. En el techo de la habitación reposa fría e inmóvil una araña de tres lámparas, una de estas titila y por momentos resplandece más que las otras dos. La sólida rigidez de la habitación resplandece por momentos. La luz se tensiona por un instante y en el siguiente la lámpara permanece apagada frente a las otras dos. El brillo de la ensalada se opaca un poco y el olor a carne acrecienta, de la cocina llegan ruidos de platos. Luego, por un instante, se percibe el suave traqueteo de una puerta. Dos voces se mezclan en vocales y consonantes, por la distancia no se pueden distinguir palabras precisas. Una de las voces se escucha un poco por sobre la otra. La puerta del horno se abre y se cierra segundos después, acompañando el sonido un leve aumento de olor a carne. Pasos desde la cocina, una mujer joven de cabello oscuro entra en la habitación sosteniendo platos con una mano y cubiertos en la otra. Apoya todo en la mesa y da la vuelta en un suspiro, vuelve a la cocina. Unos momentos después regresa con dos vasos en una mano y una botella negra de vino en la otra. Deja los vasos a un lado y apoya suavemente la botella en el centro de la mesa, cerca de la ensalada. Da la vuelta y camina de regreso al pasillo, antes de llegar se detiene y advierte por encima del hombro la lámpara quemada del techo, sus ojos se iluminan y dejan ver sus colores opacos. Al abandonar la mujer la habitación, ésta permanece sólida nuevamente, inclusive más fría que antes. La etiqueta blanca del vino en la mesa. El borde brillante de un vaso. La hoja gastada de un cuchillo. Una gota de agua en la ensalada. La mesa oscura de madera. El piso gris. El techo húmedo y la lámpara quemada. Las voces se oyen nuevamente, algunos sonidos dentro de una heladera acompañan una conversación armoniosa. La música de un celular resuena rápida y apurada, imponiéndose sobre los demás sonidos. Termina con un chasquido y se produce un silencio total. Luego de unos instantes una voz tranquila llega desde la cocina, pronuncia palabras cortas por momentos. Se oye otro chasquido. El olor a carne ha disminuido, acoplado a otros olores ahora, pero aún distinguible. El frío incómodo desaparece lentamente, todo se acomoda en la habitación, y reluce en armonía con esta. La mujer de cabello oscuro llega nuevamente, pero esta vez acompañada de un hombre de mediana edad y mirada serena. La presencia de éste último parece encajar en aquella habitación. En sus manos carga dos sillas que acomoda sutilmente en ambos lados de la mesa. La mujer se acomoda en una de las sillas y alarga los brazos sobre la mesa acomodando platos, cubiertos y vasos. El hombre deja la habitación. El olor a carne se acrecienta y el hombre regresa cargando una bandeja plateada que apoya lentamente en el centro de la mesa. Las miradas de ambos se cruzan en una leve sonrisa placentera mientras el hombre se acomoda en su silla. En la bandeja del centro reposa un peceto relleno con verduras, está dividido previamente en pequeñas porciones. El hombre se arrima sobre la mesa y toma una porción utilizando ambos cubiertos, la mujer lo observa sonriente mientras él deposita la porción en su plato y en el de ella. Luego toma la botella y la destapa en un sonido hueco que contorsiona la habitación por un instante. Comen en silencio, con leves pausas en las que cruzan miradas tranquilas. Todo en la habitación vibra en plenitud, sin excesos. La luz, los olores, el silencio de la cena, el brillo de los vasos, la calidez de la comida. Sus platos se ven vacíos casi al mismo tiempo, los vasos también. Un suspiro calmo invade la escena, sus miradas se cruzan y se mantienen. Una conversación invisible. El hombre toma una servilleta y limpia lentamente sus labios. Corre la silla unos centímetros hacia la pared y se incorpora. Camina hasta mí. En sus ojos un suspiro. Su mano en un bolsillo surge lentamente empuñando el arma. En la habitación todo se mantiene pasivo ante la presencia del arma.. Un sonido. En sus ojos un suspiro.

lunes, 27 de octubre de 2008

No volvió jamás


El hombre caminó lentamente, se acercó a la puerta empuñando un martillo con su mano derecha. Tomó el picaporte y con un leve juego de su mano izquierda lo giró.
Esperó unos segundos con un suspiro en la boca, se apoyó suavemente contra la puerta y con un golpe seco se abrió paso al amplio corredor con el martillo en alto.
Frente a él había un niño de seis años, era él. Y no pudo contener la furia.
-Ya no me molestes más- Le gritó
El niño alzó la mirada, de sus ojos emanaban lágrimas pesadas.
-¡Ya no quiero tus palabras! ¡No tengo tiempo para jugar con vos!-
El niño, afligido, bajó la vista y se marchó llorando.
El hombre cerró la puerta con determinación y se sentó en su sillón. Encendió el televisor y puso su serie favorita.
Mientras miraba el televisor, sin poder concentrarse en su serie favorita, recordó aquella tarde de verano en la que fue a visitarse con un regalo en el bolsillo y fue echado a la calle a gritos.
-¡Que tristeza!- Pensaba el hombre. –Cuando vuelva lo invitaré a pasar y aceptaré sus regalos- Pero mientras pensaba esto recordó que no volvió jamás.