martes, 28 de octubre de 2008

Salamín robado

El techo estrellado resguardaba la vejez de dos hombres en un tejado… Tomó el cuchillo firmemente y colocó la parte afilada de modo tal que mordiese suavemente la cintura del salamín. El cuchillo, estrenado y bautizado con carne roja, mordía en vaivenes. La mano que lo empuñaba estaba decidida, hambrienta. Cortó el salamín en rodajas y dividió en partes iguales con su amigo. -¿Qué noche no? -Tibia y fresca a la vez – Contestó el barbudo. La conversación, rebelaba en su principio que no tenía fin. Decidió comenzar otra vez, se sentía como un joven adolescente intentando conquistar una chica, cuando en realidad era él, un hombre de más de cuarenta años, sentado en un tejado con un vagabundo de barba sucia, comiendo salamín. -¿Dónde conseguiste el salamín? – Preguntó cabizbajo, concentrado en aquella deliciosa carne seca y salada. -Lo tomé de un supermercado chino, el dueño estaba ocupado atendiendo unos clientes- -¿El supermercado chino que está frente al parque? -Sí, mucha plata… el chino tiene mucha plata…- -¿Y por qué atiende un supermercado si tiene mucha plata?- -Discúlpeme, pero usted viste ropas caras y fuma los mejores cigarrillos, pero sin embargo duerme en el parque y come salamín robado conmigo- No cabía duda, él sabía quién era yo, me conocía más que nadie. Era curioso, yo quería escapar de los que me conocían y sumergirme en otro mundo, y conocerme, encontrar mi nueva identidad. Pero al parecer, uno lleva su persona a todos lados, no puede escapar de ella. “Tal vez puedo disfrazarme por un tiempo, pero la idea de comenzar de vuelta queda desechada” Nada tiene nuevos comienzos en la vida, los segundos vividos nos pesan en nuestras espaldas o nos dan alas, pero nunca saldremos nuevamente de raíz. -¿Y el cuchillo? – Pregunté - ¿De donde sacaste el cuchillo? -Lo robé también, pero no en el supermercado, los que vende el chino son feos, de mala calidad. Yo sólo robo cuchillos “Lestrange”. Era ladrón de profesión el barbudo, ponía empeño en cada robo y conocía todas las técnicas y secretos del aquel arte. En comparación yo era pésimo ladrón, me faltaba práctica. Pero el barbudo no, el tenía fama y título de ladrón. Era el único de los residentes del parque, el único de todos nosotros, que no era miserable. Lo miré, comía su salamín dignamente, bien merecido lo tenía, y así, sin palabras, me encariñé con aquel viejo, ¿Cuantos años tendría? Probablemente ni él lo sabía. Pero era bastante viejo; vagabundo barbudo, de ojos grandes y decididos. Yo lo admiraba, fue la primera y última persona que admiré en toda mi vida, y eso era bastante, bastante fuerte para mí; admirar a un vagabundo. Terminamos el salamín en silencio y nos recostamos sobre las tejas frías. Al apoyar la nuca sobre una de ellas pensé, pensé que aquel techo resguardaba del frío y los males del mundo a una familia que dormía a unos metros debajo de nosotros. Y por otro lado, servía de cama y refugio de una noche tibia y fresca a dos viejos barbudos, ¿Quién se escondía de qué? ¿Ellos tenían miedo de nuestro mundo o nosotros del suyo? Creo que cada uno se alejaba del otro, como dos imanes que se repelen, la familia y nosotros; los dos viejos con el estómago repleto de salamín. Antes vivía a las sombras de aquellas familias, intentaba parecerme a ellas, pero a la vez no. Ahora ocurre lo mismo, pero en el otro extremo. Duermo en el parque y vivo como sus habitantes, pero en su sombra, no a su lado.

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